No sé si lo que le molesta es el humo del cigarrillo, que me haya sentado atrás de él, que pueda ver su incipiente calva aunque trate de disimularla, que me parezca a ella, a esa a quien le recuerdo. A esa, por la que hoy está así, sentado en un banco de cara al sol al borde del Río de la Plata.
Lo cierto es que ahora las palomas volaron, una pareja ocupa su lugar y él sigue con la mirada fija y perdida en algún punto lejano, ahora en las barandas que bordean el río. Él se da vuelta a mirar, a mirarme quizá, para ver si sigo acá, para comprobar que la gente sigue siendo feliz aunque él sienta esa opresión en su pecho. Sin duda habrá adivinado que escribo sobre él. No puedo ver sus ojos, ocultos en lentes negros, pero sé que han de estar rojos de llanto y de furia. Mira su celular, se va caminando. Gira varias veces a mirar, a mirarme. Yo lo miro fijamente mientras se aleja. Yo no oculto que lo miro. Yo lo miro hasta perderlo de vista y sin embargo, nadie más a nuestro alrededor parece notar que ya nos conocíamos.
viernes, 4 de mayo de 2012
lunes, 3 de enero de 2011
Otra distinta.
Me levanté y no era yo. Era cualquier otra. Una sola, solterona, la loca de los gatos. Un payaso. Una excéntrica diseñadora de cosas. Una poetiza nostálgica. Una actriz de culebrones. Una chica Almodóvar. Hoy no sé lo que hago, porque todo lo que soy…está en mi cabeza. Mientras a mí alrededor las cosas suceden con la misma constancia que todos los días, llevadas por la inercia de la rutina, en mi cabeza, adentro mío, se manifiesta un mundo diferente.
Hoy soy rubia, pelirroja. De piel oscura y ojos aceitunados. Alta, gordita. De pies grandes y uñas largas, de pelo enrulado, lacio como el mar en calma. Escupo en la calle, muy femenina. Camino sobre mis tobillos con mis botas de taco alto. Una minúscula boca roja, de labios carnosos. Una dulce nariz respingadita, ganchuda, aguileña. Piernas largas de mujer que es futbolera. Buena delantera, de pecho plano.
Manos de pianista, que hace malabares con bulones. Un profundo escote, un esternón muy sexy.
Una mente muy afinada, un bandoneón, la nota justa, una gota de vino. El más sagaz de los detectives.
Hoy soy rubia, pelirroja. De piel oscura y ojos aceitunados. Alta, gordita. De pies grandes y uñas largas, de pelo enrulado, lacio como el mar en calma. Escupo en la calle, muy femenina. Camino sobre mis tobillos con mis botas de taco alto. Una minúscula boca roja, de labios carnosos. Una dulce nariz respingadita, ganchuda, aguileña. Piernas largas de mujer que es futbolera. Buena delantera, de pecho plano.
Manos de pianista, que hace malabares con bulones. Un profundo escote, un esternón muy sexy.
Una mente muy afinada, un bandoneón, la nota justa, una gota de vino. El más sagaz de los detectives.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Es lo que es.
Hubo un instante que sentí. Sin estar presente aún, el aire se tornó pesado y dulce; el viento, cálido; mi piel, erizada. El cielo se anaranjó, se espesó, se tapó; se volvió hermoso y parecía querer dejar tocarse. Yo quería que me toque, que la lluvia me lave, que me de frío, que el frío me abrigue, que me empape la vida que no logro comprender en días como hoy.
El humo circula lento en el aire congestionado de energía, vibran extrañas las ondas de estas gotas que vienen, que vienen. Yo, sólo puedo mirar. Yo, siempre en otra sintonía, sólo puedo esperar, sola, que la lluvia llegue, real. ¿Por qué no se muestra si ya puedo sentirla en cada célula que recubre mi cuerpo? ¿De quién se oculta, esta lluvia de hoy? Será una lluvia juguetona, que como yo, no sabe que hacer con su ser, que ya es; entonces no quiere dormir.
El humo circula lento en el aire congestionado de energía, vibran extrañas las ondas de estas gotas que vienen, que vienen. Yo, sólo puedo mirar. Yo, siempre en otra sintonía, sólo puedo esperar, sola, que la lluvia llegue, real. ¿Por qué no se muestra si ya puedo sentirla en cada célula que recubre mi cuerpo? ¿De quién se oculta, esta lluvia de hoy? Será una lluvia juguetona, que como yo, no sabe que hacer con su ser, que ya es; entonces no quiere dormir.
jueves, 28 de octubre de 2010
Macro
Te doy toda mi luz para que veas la puerta. Te dejo ir, te suelto. Me cuesta, pero es necesario. Sé que lo tengo que hacer por el bien de los dos. Trataré, mientras tanto, de llorar en silencio unos días, para que no dudes y puedas irte tranquilo; para no apagar el fuego de las velas con mis lágrimas descontroladas. No lloro de tristeza, o sí. Si, quizás sí. Pero es una tristeza rara, de bajos índices. Es una tristeza atrasada, desfasada en el tiempo. Lloro mis lágrimas estancadas, quizás nadando en ellas, te sea más fácil llegar a donde vas.
Yo, la de los micromomentos, a veces no entiendo de tiempos ni de procesos. Será hora de aprender.
Yo, la de los micromomentos, a veces no entiendo de tiempos ni de procesos. Será hora de aprender.
jueves, 12 de agosto de 2010
Superposición.
Salguero está cortada a la altura de Corrientes, de manera que la fila de autos que espera sobre la avenida para doblar a la izquierda en Mario Bravo, cada vez es más larga. A todos esos conductores, les han cambiado el destino, y quién sabe qué encontrarán a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, apenas abajo de la vereda, a ellos parece no importarles nada. Ni las máquinas que destruyen Salguero para arreglarla, ni los conductores que maldicen el cambio de rumbo inesperado. Hace frío, y entre un grupo de muchos que parecen amigos, ellos se encuentran. Va a empezar a llover en cualquier momento. A ellos no les importa.
Quizá se hubieran visto alguna vez, pero sin mirarse. Quizá, esto nunca hubiera sucedido si sus cuerpos no se hubieran casi chocado, casi por error. Pero es como si al encontrarse, sus pieles de hubieran reconocido, constatando la diferencia de temperatura entre ambas y el punto de unión, ese mismo punto en el que al tocarnos, nuestros bordes se funden con los de aquello que tocamos. Esa frontera difusa y vacilante, territorio de las más lindas sensaciones, país de las caricias, patria de los escalofríos.
Quizá no haya pasado nada de todo esto, pero igualmente él intentó besarla. Ella se negó,por supuesto. Que un choque accidental termine en beso, sólo pasa en las novelas. Y ella, entre las otras chicas se veía, era distinta. No era de las chicas que se creen las novelas.
Corriendo su pelo largo, para acariciarle la nuca y dejarle libre un oído, él le preguntó si sentía las yemas de sus dedos que, ahora, se internaban en la cálida suavidad de su cabello negro. Ella levantó la cabeza, para mirarlo a los ojos (era mucho más alto) y al hacerlo sintió cómo todo el peso de su cuerpo descansaba en la mano que jugaba entre su pelo y su cuello. Quería seguir negándose, pero los ojos se le cerraban del placer y es muy difícil ponerse firme con los ojos cerrados. Sin saber muy bien cómo, otro brazo ahora la rodeaba, y su propia boca, entreabierta, invitaba a aquella otra a besarla. Sin poder decir que no, había dicho que sí, sin decirlo tampoco.
Y entonces se besaban, buscándose más en cada movimiento, como si realmente fueran a borrase aquellos límites. Se besaban jugando, probándose, mordiendo los labios.
Se besaban ansiosos, devorándose, un poco depredadores. Se besaban mezclándose en un solo aliento, una sola nueva boca, nacida de las dos. Un espacio nuevo, recién creado y a cada instante reinventado.
Y ella pensaría entonces cuánto se perdía si decía que no, cuánto de mentira tendría aquel beso negado, si nunca llegaba. Y él pensaría que había hecho bien en llamar primero a la astucia de parecer torpe y casi caerse sobre ella, que había hecho bien en llamar luego a su piel que no podía no decir la verdad.
Y empezó a llover, fuerte y dolorosamente en su frente, la de ella, que miraba al cielo para alcanzar el beso no reconocido, aquel beso regalado. Y la gente corría a refugiarse de la lluvia, como si fuera algo más que agua. Y los conductores ahora tenían una razón más para maldecir al destino. Y los semáforos verde, rojo, amarillo. Y la fila de autos cada vez más larga, doblar a la izquierda. Y ellos aún se besaban.
Mientras tanto, apenas abajo de la vereda, a ellos parece no importarles nada. Ni las máquinas que destruyen Salguero para arreglarla, ni los conductores que maldicen el cambio de rumbo inesperado. Hace frío, y entre un grupo de muchos que parecen amigos, ellos se encuentran. Va a empezar a llover en cualquier momento. A ellos no les importa.
Quizá se hubieran visto alguna vez, pero sin mirarse. Quizá, esto nunca hubiera sucedido si sus cuerpos no se hubieran casi chocado, casi por error. Pero es como si al encontrarse, sus pieles de hubieran reconocido, constatando la diferencia de temperatura entre ambas y el punto de unión, ese mismo punto en el que al tocarnos, nuestros bordes se funden con los de aquello que tocamos. Esa frontera difusa y vacilante, territorio de las más lindas sensaciones, país de las caricias, patria de los escalofríos.
Quizá no haya pasado nada de todo esto, pero igualmente él intentó besarla. Ella se negó,por supuesto. Que un choque accidental termine en beso, sólo pasa en las novelas. Y ella, entre las otras chicas se veía, era distinta. No era de las chicas que se creen las novelas.
Corriendo su pelo largo, para acariciarle la nuca y dejarle libre un oído, él le preguntó si sentía las yemas de sus dedos que, ahora, se internaban en la cálida suavidad de su cabello negro. Ella levantó la cabeza, para mirarlo a los ojos (era mucho más alto) y al hacerlo sintió cómo todo el peso de su cuerpo descansaba en la mano que jugaba entre su pelo y su cuello. Quería seguir negándose, pero los ojos se le cerraban del placer y es muy difícil ponerse firme con los ojos cerrados. Sin saber muy bien cómo, otro brazo ahora la rodeaba, y su propia boca, entreabierta, invitaba a aquella otra a besarla. Sin poder decir que no, había dicho que sí, sin decirlo tampoco.
Y entonces se besaban, buscándose más en cada movimiento, como si realmente fueran a borrase aquellos límites. Se besaban jugando, probándose, mordiendo los labios.
Se besaban ansiosos, devorándose, un poco depredadores. Se besaban mezclándose en un solo aliento, una sola nueva boca, nacida de las dos. Un espacio nuevo, recién creado y a cada instante reinventado.
Y ella pensaría entonces cuánto se perdía si decía que no, cuánto de mentira tendría aquel beso negado, si nunca llegaba. Y él pensaría que había hecho bien en llamar primero a la astucia de parecer torpe y casi caerse sobre ella, que había hecho bien en llamar luego a su piel que no podía no decir la verdad.
Y empezó a llover, fuerte y dolorosamente en su frente, la de ella, que miraba al cielo para alcanzar el beso no reconocido, aquel beso regalado. Y la gente corría a refugiarse de la lluvia, como si fuera algo más que agua. Y los conductores ahora tenían una razón más para maldecir al destino. Y los semáforos verde, rojo, amarillo. Y la fila de autos cada vez más larga, doblar a la izquierda. Y ellos aún se besaban.
miércoles, 4 de agosto de 2010
martes, 3 de agosto de 2010
domingo, 1 de agosto de 2010
Ay, la libertad es fiebre.
Y la fiebre, suele quemar. Pero pensaba, hoy, hoy que hace un frío terrible que hay formas y formas de quemarse. Como hay formas para todo. Y pensaba que casi siempre elijo quemarme. Prefiero la sinceridad del beso no pedido, que la vida te roba, sin siquiera darte tiempo para acomodarte y recibirlo bien, como se debe, antes que las palabras meditadas y dichas por compromiso. Por el deber. Prefiero pedirle permiso a mi piel, antes que a mi cabeza.
Prefiero los silencios que ocultan risas, las puteadas hay que decirlas. Un corazón, qué significa? Te tengo que creer?
Prefiero los silencios que ocultan risas, las puteadas hay que decirlas. Un corazón, qué significa? Te tengo que creer?
viernes, 23 de julio de 2010
La realidad estaba en otro lado!
La vida se rige por medidas inconmensurables. Me lleno de color y mis pies, más que el piso, miran las líneas de las baldosas, juegan a la rayuela mientras yo, mayor y ya adulta, intento caminar.
Y qué me importa si canto mal, si entre los árboles los rayos de sol juegan a darme luces y sombras?
Y qué me importa si el pasto está humedo todavía, si un rayito hace foco justo en una gota de rocío debajo de la cual, un instante, pasaba una hormiga?
Y qué me importa el frío, si una correntada que sube por mi espalda y me estremece, me obliga a cerrar los ojos, y abriéndome la nariz, me trae el aroma de todas las hojas caídas, de todas las tormentas recibidas por la tierra? Qué me importan las palomas, si todavía sólo se acercan para pedirme comida?
Sólo el viento, solo el viento siguió mis pasos. Y a pesar de eso, sólo el viento, yo siento que todo está unido.
La escenografía me abruma un poco, cables negros se unen a edificios altos que me dosifican la luz, pero acá...acá nomás, sin embargo, un árbol que parece dibujado y más allá el cielo turquesa, inmenso, me abre el pecho y la percepción. Alguna nube curiosa, que ni llega a estar equivocada. Tan liviana, lejana, intocable. Y yo que estoy viendo, a la vez estoy ahí. Estoy acá. Unida por quién sabe qué fuerza a esta misma superficie por la que la gente camina, los chicos juegan, los autos corren hacia otros destinos, siempre a otros destinos, siempre yéndose. Y el cielo allá, recortado entre otras figuras, imposible de medir, de agarrar, de limitar; y yo acá, seguimos unidos, nos quedamos sólo por el placer de hoy, sólo por estar tan llenos de sol.
Y qué me importa si canto mal, si entre los árboles los rayos de sol juegan a darme luces y sombras?
Y qué me importa si el pasto está humedo todavía, si un rayito hace foco justo en una gota de rocío debajo de la cual, un instante, pasaba una hormiga?
Y qué me importa el frío, si una correntada que sube por mi espalda y me estremece, me obliga a cerrar los ojos, y abriéndome la nariz, me trae el aroma de todas las hojas caídas, de todas las tormentas recibidas por la tierra? Qué me importan las palomas, si todavía sólo se acercan para pedirme comida?
Sólo el viento, solo el viento siguió mis pasos. Y a pesar de eso, sólo el viento, yo siento que todo está unido.
La escenografía me abruma un poco, cables negros se unen a edificios altos que me dosifican la luz, pero acá...acá nomás, sin embargo, un árbol que parece dibujado y más allá el cielo turquesa, inmenso, me abre el pecho y la percepción. Alguna nube curiosa, que ni llega a estar equivocada. Tan liviana, lejana, intocable. Y yo que estoy viendo, a la vez estoy ahí. Estoy acá. Unida por quién sabe qué fuerza a esta misma superficie por la que la gente camina, los chicos juegan, los autos corren hacia otros destinos, siempre a otros destinos, siempre yéndose. Y el cielo allá, recortado entre otras figuras, imposible de medir, de agarrar, de limitar; y yo acá, seguimos unidos, nos quedamos sólo por el placer de hoy, sólo por estar tan llenos de sol.
martes, 20 de julio de 2010
Un largo pasillo.
Los recuerdos son confusos, porque sigo estando en el mismo lugar que en aquel entonces, pero la realidad era muy distinta. Todo, en mis recuerdos, tiene otras dimensiones. El pasillo era largo e interminable, húmedo, oscuro por partes y con grandes claridades en otras. Desde la puerta de la calle, la entrada a aquella casa vacía era como el pasaje a otra dimensión, a otros tiempos, cuando vivían allí esos seres oscuros, que mi gran imaginación transfiguraba en brujos, sospechando que en ese comedor se preparaban las pócimas más dañinas que ningún dibujito animado hubiera imaginado nunca, ni siquiera el malvado Gárgamel. Y mientras nadie vivió en ella, solía acercarme, en puntas de pies, para escuchar a través de la fría chapa de la puerta, segura de que aunque se hubieran mudado, seguían viviendo allí.
Hasta que un día, sentada en la puerta de mi casa, vi llegar a "los nuevos"...los que iban a ocupar ese territorio inexplorado llamado, a secas, el fondo. Miento si digo que no tuve miedo y que no sentí que fueran intrusos de mis fantasías, que venían a robarse mis ratos de espionaje mágico, porque ahora sí iba a vivir alguien y espiarlos sería incorrecto. Los miré llegar con intriga, y un poco de melancolía, algo de esperanza y, en el fondo, una profunda curiosidad. Quizás aún más fuerte que la que sentía por los monstruos que ahora me abandonaban definitivamente.
Primero con timidez, con la inocente timidez de la infancia, y luego con entusiasmo, empezamos a construir una especie diferente de la amistad que yo conocía hasta el momento. No eran los amigos del colegio, no eran los amigos temporales de la colonia. Era una amistad distinta, que estaba ahí...a pasos de mi puerta y que ahora iba a buscar ya no en puntas de pies, sino corriendo descalza, atropellada por mis propias ganas que hacían que las distancias fueran más grandes que las reales. Quizás por eso, las dimensiones son confusas en mis recuerdos.
Y así, el largo y humedo pasillo que nos unía y a la vez, separaba de la calle, se transformó en otro lugar. En el territorio de guerras libradas por batallones de soldaditos de plástico, en los departamentos increíblemente grandes de nuestras falsas Barbies, en ciudades de Pinipones, y en cualquier cosa que se nos ocurriera, porque aquel pasillo era nuestro. La patria de la infancia, es aquel pasillo que hoy recorro y que todavía tiene un susurro de niñez, muchas carcajadas a lo lejos y unas cuantas figuritas pegadas en la pared.
Ya pasaron 14 años desde aquellos días. Y no sólo los años...pasaron litros de agua en pavas y termos, kilos y kilos de yerba, montones de palabras inventadas, noches de confesiones, noches de estudio, noches de risas (que siempre están presentes, hasta en los peores momentos), consejos varios, interpretaciones de lo más ilógicas, aceptaciones más que lógicas, desmayos en boliches, camas compartidas, análisis de sueños. La pequeña amiga que jugaba conmigo a Los Locos Adams, con la que hacíamos interminables listas de cumpleaños, repletas de regalos imposibles, con la que tomamos las chocolatadas más dulces del mundo y con la que aprendimos todas las posibles acepciones, conjugaciones y deformaciones de las palabras y los sentimientos...hoy es mi gran amiga, la que me agarra de las manos cuando quiero romper todo o saltar al vacío, la que pone el hombro y llora conmigo, la que sin exceso, siempre me dice palabras justas. Aunque a veces no sea lo que quiero escuchar, claro. Mi gran amiga, que siempre está dispuesta a sentarse conmigo en el piso y volver a ver la vida desde ahí, donde todo era más simple estando juntas. ♥
Y aunque ya nada es lo que era...lo que venga vale la pena si en mi camino estás vos!
Hasta que un día, sentada en la puerta de mi casa, vi llegar a "los nuevos"...los que iban a ocupar ese territorio inexplorado llamado, a secas, el fondo. Miento si digo que no tuve miedo y que no sentí que fueran intrusos de mis fantasías, que venían a robarse mis ratos de espionaje mágico, porque ahora sí iba a vivir alguien y espiarlos sería incorrecto. Los miré llegar con intriga, y un poco de melancolía, algo de esperanza y, en el fondo, una profunda curiosidad. Quizás aún más fuerte que la que sentía por los monstruos que ahora me abandonaban definitivamente.
Primero con timidez, con la inocente timidez de la infancia, y luego con entusiasmo, empezamos a construir una especie diferente de la amistad que yo conocía hasta el momento. No eran los amigos del colegio, no eran los amigos temporales de la colonia. Era una amistad distinta, que estaba ahí...a pasos de mi puerta y que ahora iba a buscar ya no en puntas de pies, sino corriendo descalza, atropellada por mis propias ganas que hacían que las distancias fueran más grandes que las reales. Quizás por eso, las dimensiones son confusas en mis recuerdos.
Y así, el largo y humedo pasillo que nos unía y a la vez, separaba de la calle, se transformó en otro lugar. En el territorio de guerras libradas por batallones de soldaditos de plástico, en los departamentos increíblemente grandes de nuestras falsas Barbies, en ciudades de Pinipones, y en cualquier cosa que se nos ocurriera, porque aquel pasillo era nuestro. La patria de la infancia, es aquel pasillo que hoy recorro y que todavía tiene un susurro de niñez, muchas carcajadas a lo lejos y unas cuantas figuritas pegadas en la pared.
Ya pasaron 14 años desde aquellos días. Y no sólo los años...pasaron litros de agua en pavas y termos, kilos y kilos de yerba, montones de palabras inventadas, noches de confesiones, noches de estudio, noches de risas (que siempre están presentes, hasta en los peores momentos), consejos varios, interpretaciones de lo más ilógicas, aceptaciones más que lógicas, desmayos en boliches, camas compartidas, análisis de sueños. La pequeña amiga que jugaba conmigo a Los Locos Adams, con la que hacíamos interminables listas de cumpleaños, repletas de regalos imposibles, con la que tomamos las chocolatadas más dulces del mundo y con la que aprendimos todas las posibles acepciones, conjugaciones y deformaciones de las palabras y los sentimientos...hoy es mi gran amiga, la que me agarra de las manos cuando quiero romper todo o saltar al vacío, la que pone el hombro y llora conmigo, la que sin exceso, siempre me dice palabras justas. Aunque a veces no sea lo que quiero escuchar, claro. Mi gran amiga, que siempre está dispuesta a sentarse conmigo en el piso y volver a ver la vida desde ahí, donde todo era más simple estando juntas. ♥
Y aunque ya nada es lo que era...lo que venga vale la pena si en mi camino estás vos!
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